Acabo de terminar la biografía Joseph Pearce sobre el poeta sudafricano Roy Campbell, de cuya existencia tenía noticia desde mi juventud, pero de quien no había podido leer absolutamente nada hasta que Aquilino Duque tradujo y publicó en su blog un par de poemas de tema taurino. Me parece un caso más de “estruendoso silencio” motivado al cincuenta por ciento por la incuria y el sectarismo que reina entre las masas encefálicas de nuestro mundo editorial. ¿Qué hemos hecho los españoles para merecer el amor que nos profesó ese vaquero del Natal, mezcla de John Wayne y W. B. Yeats?
Jimmy Burns Marañón, describe a este gigantón de Durban en el libro sobre su padre, Papá espía. Lo presenta pobremente vestido, en el Toledo de sus amores, bebiendo vino tinto en botijo de barro porque “sabe mejor”. El estudio de Pearce, extenso, bien documentado y cordial, ofrece, como era de esperar, una imagen mucho más completa; y lo hace con los ojos abiertos, sin dejar de censurar, cuando le parece oportuno, el apasionamiento y la falta de circunspección de su biografiado cuyo generoso corazón provocaba múltiples enemistades, pues su fogosidad y franqueza iban más allá de cualquier consideración de oportunidad o prudencia. Sabe Pearce entrar en las cuestiones más polémicas de este, sin duda, gran poeta, y expone un magnífico retrato de un hombre que siempre consideró la pobreza como un precio muy bajo por el don de la libertad y el sufrimiento como el condimento que nos permite disfrutar plenamente de la belleza. Su sencillez de trato, tal vez aprendida de su niñera zulú, era proverbial, pues los interlocutores de Campbell eran, ordinariamente, pescadores provenzales o alicantinos, labradores portugueses, soldados galeses destacados en Kenia y parroquianos de su taberna toledana; pero cuando se topaba con otro poeta, sabía ser generoso como nadie. Mencionaré un solo ejemplo, si Dylan Thomas -la mejor voz para declamar poesía del siglo pasado- pudo leer sus estremecedoras emisiones en la BBC durante los años cuarenta, fue porque Roy pasaba con él horas y horas para evitar que el galés llegase al estudio en un estado de ebriedad cercano al delirium tremens. Cuando este murió en Nueva York tras escaparse del hospital para tomarse dieciocho wiskies, Campbell escribió a Caitlin, la viuda, ofreciéndose a adoptar a uno de los hijos del matrimonio.
Siempre al lado de la gente sencilla, que ríe y habla más fuerte, que vive con más intensidad; su actitud ante el mundo tenía forzosamente que chocar con el ambiente lesbiano y homosexual, pedante y egocéntrico (no son sinónimos estos cuatro adjetivos, pero en este caso lo son) del círculo de Bloomsbury; escialmente, con Viginia Woolf y su amante Vita Sackvile-West, quienes abjuraron horrorizadas de T. S. Eliot cuando se hizo anglocatólico y que consideraron unos apestados al matrimonio Campbell cuando Mary y Roy decidieron, en 1935, recibir el bautismo en Toledo.
Aficionado a las corridas de toros desde su estancia en Provenza, Campbell abandonó sus proyectos de ser matador tras un revolcón sin más transcendencia en la Camargue, y en nuestra última Guerra Civil, salvó los manuscritos de san Juan de la Cruz que su amigo el padre Eusebio O.C. D. le confió en la certeza de su pronto martirio y de la más que probable devastación del convento.
La vida entera de Campbell pertenece a otro tiempo, pues parece extraída de una era pre-industrial en las que la valentía y el honor todavía significaban algo. Caballero poeta, guerrero zulú de raíces celtas, amó la verdad a su manera y supo congraciarse con los antiguos enemigos (Orwell, McNice) cuando le demostraron que ellos también podía ser honrados y valientes. Con quienes no pudo reconciliarse fue con los burócratas del lobby comunista, Spender y Auden, que jamás le perdonaron su apoyo a Franco durante la contienda española.
De las muchas anécdotas que cuenta Pearce me quedo con una, la de Roy Campbell, a sus cincuenta y un años tentando con su cazadora al rinoceronte negro que volcó el jeep de su hermano y les arrancó la capota y la matrícula ¡Grande!
Joseph Pearce: Roy Campbell “España salvó mi alma” (T. O.: Bloomsbury and beyond. The friends an enemies of Roy Campbell, Trad.: Roberto H. Bernet), Madrid, Libros libres, 2012, 406 pp. ISBN 978-84-92654-74-1