martes, 6 de marzo de 2012

Roy Campbell toreando un rinoceronte

Acabo de terminar la biografía Joseph Pearce sobre el poeta sudafricano Roy Campbell, de cuya existencia tenía noticia desde mi juventud, pero de quien no había podido leer absolutamente nada hasta que Aquilino Duque tradujo y publicó en su blog un par de poemas de tema taurino. Me parece un caso más de “estruendoso silencio” motivado al cincuenta por ciento por la incuria y el sectarismo que reina entre las masas encefálicas de nuestro mundo editorial. ¿Qué hemos hecho los españoles para merecer el amor que nos profesó ese vaquero del Natal, mezcla de John Wayne y W. B. Yeats?

Jimmy Burns Marañón, describe a este gigantón de Durban en el libro sobre su padre, Papá espía. Lo presenta pobremente vestido, en el Toledo de sus amores, bebiendo vino tinto en botijo de barro porque “sabe mejor”. El estudio de Pearce, extenso, bien documentado y cordial, ofrece, como era de esperar, una imagen mucho más completa; y lo hace con los ojos abiertos, sin dejar de censurar, cuando le parece oportuno, el apasionamiento y la falta de circunspección de su biografiado cuyo generoso corazón provocaba múltiples enemistades, pues su fogosidad y franqueza iban más allá de cualquier consideración de oportunidad o prudencia. Sabe Pearce entrar en las cuestiones más polémicas de este, sin duda, gran poeta, y expone un magnífico retrato de un hombre que siempre consideró la pobreza como un precio muy bajo por el don de la libertad y el sufrimiento como el condimento que nos permite disfrutar plenamente de la belleza. Su sencillez de trato, tal vez aprendida de su niñera zulú, era proverbial, pues los interlocutores de Campbell eran, ordinariamente, pescadores provenzales o alicantinos, labradores portugueses, soldados galeses destacados en Kenia y parroquianos de su taberna toledana; pero cuando se topaba con otro poeta, sabía ser generoso como nadie. Mencionaré un solo ejemplo, si Dylan Thomas -la mejor voz para declamar poesía del siglo pasado- pudo leer sus estremecedoras emisiones en la BBC durante los años cuarenta, fue porque Roy pasaba con él horas y horas para evitar que el galés llegase al estudio en un estado de ebriedad cercano al delirium tremens. Cuando este murió en Nueva York tras escaparse del hospital para tomarse dieciocho wiskies, Campbell escribió a Caitlin, la viuda, ofreciéndose a adoptar a uno de los hijos del matrimonio.

Siempre al lado de la gente sencilla, que ríe y habla más fuerte, que vive con más intensidad; su actitud ante el mundo tenía forzosamente que chocar con el ambiente lesbiano y homosexual, pedante y egocéntrico (no son sinónimos estos cuatro adjetivos, pero en este caso lo son) del círculo de Bloomsbury; escialmente, con Viginia Woolf y su amante Vita Sackvile-West, quienes abjuraron horrorizadas de T. S. Eliot cuando se hizo anglocatólico y que consideraron unos apestados al matrimonio Campbell cuando Mary y Roy decidieron, en 1935, recibir el bautismo en Toledo.

Aficionado a las corridas de toros desde su estancia en Provenza, Campbell abandonó sus proyectos de ser matador tras un revolcón sin más transcendencia en la Camargue, y en nuestra última Guerra Civil, salvó los manuscritos de san Juan de la Cruz que su amigo el padre Eusebio O.C. D. le confió en la certeza de su pronto martirio y de la más que probable devastación del convento.

La vida entera de Campbell pertenece a otro tiempo, pues parece extraída de una era pre-industrial en las que la valentía y el honor todavía significaban algo. Caballero poeta, guerrero zulú de raíces celtas, amó la verdad a su manera y supo congraciarse con los antiguos enemigos (Orwell, McNice) cuando le demostraron que ellos también podía ser honrados y valientes. Con quienes no pudo reconciliarse fue con los burócratas del lobby comunista, Spender y Auden, que jamás le perdonaron su apoyo a Franco durante la contienda española.

De las muchas anécdotas que cuenta Pearce me quedo con una, la de Roy Campbell, a sus cincuenta y un años tentando con su cazadora al rinoceronte negro que volcó el jeep de su hermano y les arrancó la capota y la matrícula ¡Grande!

Joseph Pearce: Roy Campbell “España salvó mi alma” (T. O.: Bloomsbury and beyond. The friends an enemies of Roy Campbell, Trad.: Roberto H. Bernet), Madrid, Libros libres, 2012, 406 pp. ISBN 978-84-92654-74-1


sábado, 20 de agosto de 2011

Erudición y claridad: Martín Ibarra Benlloch y la persecución religiosa en Barbastro-Monzón

Estos días en los que menos de tres mil amargados (lo serán mientras vivan y piensen como hasta ahora) intentan estropear (sin conseguirlo) la alegría de un millón de peregrinos de la JMJ, me ha venido a la memoria la obra de Martín Ibarra: La persecución religiosa en la diócesis de Barbastro-Monzón (1931-1941), Fundación Santa Teresa de Jesús, Zaragoza 2011.
Se trata de uno de los estudios más minuciosos y concienzudos que sobre ese tema se han hecho en los últimos cincuenta años: entrevistas a los familiares, actas de la Causa General, periódicos del momento, informes de la Guardia Civil, libros de memorias, actas de archivos municipales. En resumen: toda la documentación que es posible reunir hoy día sobre la matanza de sacerdotes, laicos y religiosos que se hizo en aquellos años en una de las diócesis más castigadas de España.
La España caínita de ira y descalabros, la que mata a bulto por un signo, la culpa a otros, especialmente a la Iglesia Católica, de la infelicidad con que les paga su propio hedonismo, aparece retratada en estas páginas con una frialdad que estremece. Solamente en el segundo tomo se permite una comparación teórica entre las persecuciones a la Iglesia del Imperio romano y las que llevaban a cabo los asesinos conocidos como los Aguiluchos entre 1936 y 1939. Los paralelismos, sorprenden.
Pero, si se piensa un poco, más sorprendente resulta que no se haya escarmentado y que los que se labran su propia ruina con practicas autodestructivas; los que se han convertido a fuerza de fracasos evitables en inempleables, sigan culpando a otros de la infelicidad que con tanto empeño han perseguido.


martes, 19 de julio de 2011

Evelyn Waugh: Unos cuentos demasiado completos

Evelyn Waugh: Cuentos completos, Barcelona, RBA, 667 páginas.

Esta colección de RBA quiere ser “muy completa”, tanto que estropea el grueso del volumen, 526 páginas, con otras 54 que contienen trece trabajos escolares del autor. Ese par de apartados, “Escritos de juventud” y “Relatos de Oxford”, deben ser ignorados por los lectores a no ser que se dediquen a la psiquiatría infantil de maestros de la literatura o a la crítica deconstructivista en cuyo caso, en el pecado llevan la penitencia.

El medio millar de páginas que quedan son, como esperan los aficionados a Waugh, un ejemplo de sátira elegante, irónica y divertida. Quienes sean asiduos a este escritor, es decir, aquellos que gustan leer todo lo que de Waugh cae en sus manos, disfrutarán al hallar, entre los veintiséis cuentos restantes sorpresas tales como: un final alternativo a la novela Un puñado de polvo. Tres relatos que parecen embriones de las siguientes novelas: “El hombre al que le gustaba Dickens” (Cuerpos viles), “Incidente en Azania” (Merienda de negros) y “Compasión” (Rendición incondicional, todavía no traducida al castellano por Cátedra colección "Letras Universales" como ha hecho con las dos precedentes de la misma trilogía). También encontrará una novela corta ambientada (La Europa moderna de Scot-King) en Neutralia, país que tiene bastante de caricatura de la España de 1946, y que no me ha acabado de parecer justa, aunque con la sátira que practica Waugh -castigat ridendo mores- , ya se sabe, se exagera y no se pretende hacer justicia sino mover a risa y expresar lo que de cómico tienen las situaciones narradas.

No faltan un par de distopías (anti-utopías) futuristas titulados “Perdiendo pie” y “Amor entre ruinas”, el último terriblemente profético; y, para terminar con una relación que no quiero hacer exhaustiva, dos capítulos de su novela inacabada Trabajo pendiente (“La casa de mi padre” y “Lucy Simmonds”).

En los relatos recolectados están todos los tonos de su obra de ficción y los ambientes y personajes típicos. Esos héroes que son timoratos y que está perplejos ante lo que sucede a su alrededor, siempre fuera de juego, los canallas triunfantes, los inconscientes frívolos que provocan catástrofes. Los cínicos desalmados del resto de sus novelas. Frecuentemente algunos de esos personajes expresan las opiniones, políticas y sociales, que el tiempo ha demostrado descabelladas y que el autor ridiculiza, pero a las que tuvo que atender en el duelo intelectual que siempre sostuvo con los escritos Cyril Connolly y allegados. En todos ellos hallamos un mundo imperial y decadente que naufragaba en la apatía gris de un bienestar que a la postre les producía tedio. En fin, el conjunto de cosas que convirtieron a este narrador -converso al catolicismo- en uno de los escritores más enemistados del Reino Unido.

Los admiradores insaciables de este Menipo anglosajón tal vez echen de menos lo que no fue ficción en la obra de Waugh: su prosa periodística y crítica, sus libros de viajes (Waugh en Abisinia, Robo al amparo de la ley, etc.) y sus biografías (Knox, Helena, Edmund Campion). Pero no era ese el propósito del libro. El valor de estos Cuentos completos es la masa de buenas narraciones que ofrece: la suma de los esfuerzos creativos del mejor novelista de su generación (eso dijo Graham Green) que también fue uno de los escritores más críticos con la vida británica del siglo pasado: Todo un maestro de la ironía y de la insinuación.

RDR

lunes, 18 de julio de 2011

¡Perros judíos! Irene Nemirovsky: Perros y Lobos, Salamadra, 2011

Aprovecho que los de ABC ofrecen una lista de los “100 libros del verano”, para dar un poco de vida a este blog mortecino con unas reflexiones sobre algunos de esos libros recomendados y sobre otros que no pero que recomiendo personalmente. Y, para comenzar, nada mejor que estrenarse con una novela que no comentan los expertos del rotativo madrileño: Perros y Lobos, de Irene Nemirovsky, esa autora de adn inapelablemente hebreo y de mentalidad híbrida que se convirtió al cristianismo ortodoxo (variante rumana) en Francia durante los años treinta del siglo pasado. Fue una de esa emigrantes ricas que vivieron en conflicto permanente con sus orígenes familiares, culturales y religiosos, aunque, todo hay que de decirlo, estos últimos pesaban más bien poco en su educación familiar. Nemirovsky hace aflorar en todos sus escritos una interesante relación de amor y odio, de atracción y repulsión con su propia identidad. Ese conflicto la hace, para mí, muy atractiva y recuerda a otros escritores de idénticas raíces que también vivieron en lucha con su tradición familiar como Franz Kafka, Franz Werfel o Joseph Roth, por mencionar tres conocidos ejemplos. Las novelas de esta autora son un continuo ajuste de cuentas -que es también intento de comprensión y de exculpación- con personajes repulsivos cuyas biografías se parecen demasiado a la de su propio padre: millonarios repelentes y aspirantes a ello, salidos de las aljamas de Kiev, Odessa o Lvov, que consagran todos los momentos de su vida francesa a la adquisición de dinero. Seres absolutamente persuadidos de que, fuera de la riqueza, no existe salvación para el judío en el mundo de principios del siglo XX.

En Perros y lobos asistimos a la relación entre tres primos que, huidos de los mismos pogromi en los confines misteriosos del mundo occidental (es decir: Ucrania), vienen a dar con sus huesos y sus tristes vidas en París. Los tres se apellidan Sinner, los tres, dos varones y una mujer, se parecen físicamente. Los tres se sienten atraídos y repelidos entre sí; pero uno de ellos ya había escapado del gueto dos generaciones ha. Ya no es un hebreo típico, los son sus tíos, lo fue su abuelo, pero no él, a medio camino entre la civilización burguesa y la selva, se ha convertido en un perro, mientras sus primos, salvajes en su salvaje lucha por la superviviencia, siguen siendo lobos.

Por supuesto, a los lobos también les agradaría poder disfrutar de otras cosas como prestigio social, prestigio cultural, felicidad familiar; pero para eso es necesario no haber nacido en una clase social que lleva siglos negociando con todo y con nada, recomprando y revendiendo lo que todavía no se posee pero que se está dispuesto a ir al fin del mundo para conseguirlo; siglos regateando en el rastro callejero de los futuribles; y huyendo con lo puesto por las noches cuando han venido los cosacos a quemarte la casa.

El cambio cultural de los hebreos europeos que consistió, básicamente en sustraerse a las teocracias rabínicas de los guetos, e intentar integrarse en una sociedad en la que, hasta entonces, les estaba internamente y externamente vetado hacerlo. Debió ser muy duro, por eso despiertan interés las novelas que manifiestan ese conflicto. Para los rabinos de gran parte de los dos milenios anteriores, caminar hacia la integración social era exponerse a diluir la identidad de pueblo elegido, para los no judíos (goyim), la integración era tropezar con una competencia correosa y peleona en negocios y profesiones hasta ese momento vetadas a la gente de la alajama.

Para aclarar esta última idea de pongo dos ejemplos tomados del libro Historia judía, religión judía de mi respetado Israel Shahak -superviviente de Auschwitz y antisionista declarado-; creo que los dos expresan hasta que punto la vida del pueblo hebreo en Europa había sido una vida paralela a la marcha de la sociedad y del mundo: la primera geografía escrita en lengua yidish en Rusia data del siglo XIX. En ella se sostenía que América no existía, que era un invento de los goyim para despoblar los guetos. ¿Puede tratarse de un chiste judío? No lo creo, en tres mil años de literatura hebrea no hay mi una sola obra de humor. Ha tenido que llegar el siglo XX para que triunfen tipos como Chaplin, Groucho Marx, Woodie Allen o Les Lutiers. Segundo ejemplo: cuando se generaliza la escuela primaria en el Imperio Habsburgico (antes que en Francia), los rabinos de algunos lugares habían aceptado que los niños de su gente recibiera educación primaria, siempre que escribieran el alemán en caracteres hebreos. Quien nace en ese mundo paralelo tiene muchas posibilidades de nacer lobo, quien nació fuera, aunque no fuera más que un par de calles más allá del gueto, podía permitirse el lujo de ser perro.

domingo, 24 de abril de 2011

Hercules Poirot en Salamanca

La novela de García Jambrina Manuscrito de la nieve (Alfaguara, 2011) presenta una intriga policiaca desarrollada en Salamanca durante el siglo XV. Como historia detectivesca es bastante floja: el malvado es de una ingenuidad desusada, el investigador deja crimenes sin resolver, y el narrador formula, en el último capítulo, una hipótesis infundada sobre don Diego Hurtado de Mendoza y su relación con el famoso libro que la paleógrafa gaditana Agulló, le atribuye desde el 2010, y que no voy a mencionar aquí por si alguno se lee la novela. Con todo, a pesar de tantos defectos, tiene gracia en la recreación histórica de la ciudad y del ambiente político-social de finales de la década 1490-1500. El argumento se basa en la demanda que el Maestrescuela hace al converso Fernando de Rojas, estudiante de Leyes, para que ejerza de pesquisidor en las circunstancias que rodearon la muerte y mutilación del también estudiante Diego de Medrano, hijo de un antiguo linaje que desde hace unos años se halla ausente de la ciudad. En sus investigaciones Rojas se ayuda del muchacho que, por casualidad, descubrió el cadáver. Se trata de un huérfano nacido en Tejares que responde al nombre de Lázaro González, y al que apodan "de Tormes". Por supuesto, en la intriga no puede faltar el poderoso arzobispo de Santiago don Alonso de Fonseca y Acevedo (Alonso II, inventor de la frase: "El que se fue a Sevilla perdió su silla"), los bandos salmantinos de Santo Tomé y San Benito, las concordias de 1476 y 1493 propiciadas por la reina Católica, los esfuerzos pacificadores de San Juan de Sahagún, la calle de “Tente, necio”, “El Pozo amarillo” y los principales linajes de la época: Maldonado, Solís, Anaya, Monroy, Varillas, etc.

Quienes conozcan la ciudad, sonreirán con ella a pesar de que, como trama policial deja bastante que desear. Se lee de un tirón y dura un trayecto de AVE.

domingo, 20 de junio de 2010

La agonía de Francia

De Manuel Chaves Nogales leí con agrado El maestro Juan Martínez estuvo allí, en la que transcribe las memorias de un baliaor de flamenco al que la Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa y la Guerra Civil Rusa le pillaron entre San Petersburgo y Kiev. Tocando las castañuelas, Juan Martínez y su mujer tuvieron que habérselas con los secuaces de Piłsudsky (ocupación polaca de Kiev), los zaristas, las checas rojas, los nacionalistas de Petliura (la ciudad cambió de mano cinco veces), y los estragos de la economía de guerra. Ahora acabo de terminar La Agonía de Francia, que acaba de publicar Libros del asteroide (una editorial cuyo nombre rinde tributo a Saint-Exupéry y Le Petit Prince). Me queda por leer, en la misma editorial, la biografía de Juan Belmonte y con eso habré agotado las obras reeditadas (y que se puedan todavía encontrar en las librerías de la Comunidad de Madrid) de este ameno periodista que cuya escritura no desdijo de la de una generación de grandes periodistas como fue la suya.

Si durante la Guerra Civil Española Chaves Nogales flirteó, como otros frente populistas con el PCE, en La agonía de Francia sitúa al PCE un grado de traición por debajo, solo un grado, respecto a los colaboracionista franceses y de los entreguistas que apoyaron la subida de Petain. No en vano comienza esta crónica con la detención petainista de Georges Mandel, aquel Ministro del Interior de origen hebreo que fue entregado a los alemanes por el nuevo gobierno para ir congraciándose con el enemigo. Los izquierdistas galos que leyeron los acuerdos “Ribentrop-Molotov” sufrieron una crisis de conciencia que les llevó, muchas veces, a romper con el PCF y, por el contrario, quienes se mantuvieron obedientes a la disciplina de partido, difundieron entre los soldados unas consignas que no podrían servir mejor a la claudicación nacional que las ideadas por Herr Abetz, el cerebro del quintacolumnismo alemán en París. Tal es una de las tesis, repetida de diversas formas y modos por el autor de esta crónica histórico-periodística.

Aquel ejército francés de tres millones de hombres que se rindió casi sin luchar no se descompuso repentinamente. Estaba podrido a los pocos meses de la movilización. Las divisiones internas de una sociedad que había asistido a dos revoluciones abortadas, la de la Ligas derechistas de 1934 y la frente populista de 1936, hacía que la la fractura entre los soldados movilizados fueran mayor o igual que la que existía en la sociedad española de la misma época, Si en Francia no se habían despedazado a tiros era porque la gendarmería conservaba su eficacia y su unidad, y por unos ciertos hábitos de civismo todavía superiores a los hispanos.

La tesis de Chaves es que eran muy pocos los que estaban dispuestos a morir por salvar un sistema que les parecía inoperante y corrupto. La oficialidad colonial, de inclinaciones totalitarias y racistas, trataba a los abogados, a los obreros y a los comerciantes como si fueran senegaleses o malgaches. Los hombres se aburrieron infinitamente en la larga inactividad invernal de 1940 mientras el enemigo afilaba sus armas. El Estado Mayor, con una guerra de retraso, estaba paralizado en la creencia de que la Línea Maginot era infranqueable. Los empresarios, que se habían visto obligados a conceder la semana de 40 horas y las vacaciones pagadas, simpatizaban con el fascismo y la intelectualidad era el menos dispuesto a la lucha de todos los grupos sociales. Cito una palabras apodícticas del propio Chaves:

“ A la pregunta de Charles Péguy [en 1914] “¿Qué es lo que tenemos que salvar?”, había respondido Jean-Pierre Maxence en la siguiente generación diciendo “ No tenemos mas que salvarnos a nosotros mismos”. Y añadía. “Nadie sino los mediocres está satisfecho del mundo presente. Entre ese mundo y nosotros, uno de los dos tiene que perecer”.

Yo no sé si esa intelectualidad francesa que reaccionaba violenta y desesperadamente contra la decadencia del país y del régimen se considera ahora salvada bajo la protección de la Gestapo, pero lo indudable es que al Francia que estúpidamente condenaron a perecer ha perecido real y verdaderamente.” (página 93)


Escrito con lucidez y serenidad en medio de la amargura del segundo exilio (Chaves se escapó en un contratorpedero británico) el libro La agonía de Francia es un testimonio de primera mano de cómo se suicida espiritual y moralmente una nación. Algo que los que navegamos por las turbias aguas de la actualidad necesitamos conocer.

viernes, 4 de junio de 2010

En el centenario de Luis Rosales

Con Luis Rosales sucede un poco lo que al inefable Recienvenido de Macedonio Fernández: Una tarde descubrió que compartía el día de su cumpleaños con la mamá de un amigo; y desde entonces supo la razón por la que siempre le había parecido tan estrecho ese día (que se empeñaba en repetir año tras año, sin escarmentar – y que, a pesar de haberlo repetido cincuenta y tres veces, podía celebrarlo con los ojos cerrados-). Desde ese año, le parecía todavía más angosto. Sobretodo, cuando se comparaba con los amigos que disponían de un día de cumpleaños entero para ellos. El el caso de Luis Rosales eso se aplica al año de nacimiento. Uno de sus principales errores de ese poeta, que nunca se equivocó “sino el las cosas que que él más quería” (según confiesa en la “Autobiografía “ que da paso a las Rimas); es haber elegido para nacer el mismo año que Miguel Hernández. Basta echar un vistazo al escaparate de cualquier librería para constatar que el alicantino, tísico y bronco, se le ha comido el centenario, tal vez para resarcirse del hambre que pasó en 1942, o por la costumbre chotuna de comer lo que se ponga por delante. Luís Rosales para poder disfrutar de un centenario equitativamente compartido, tendría que haber nacido el mismo año que Gabriel Miró o que Armando Palacio Valdés, por lo menos.

Ayer dos de sus hijos adoptivos -y antiguos empleados suyos en el Instituto de Cultura Hispánica- Antonio Hernández y Félix Grande le rindieron un homenaje en mi ciudad de Guadalajara con plana mayor del "barredismo lactante" y con los principales beneficiados de la Central Nuclear de Trillo asistiendo en primera fila. El acto me gustó. Antonio Hernández, con su voz cascada y estomacal, nos hizo descubrir la gracia de un poemario de Navidad al que los críticos superficiales, entre los que me incluyo, consideran una obra menor. Félix Grande, por su parte, escenificó - ¡qué gran actor ha perdido el mundo, señor Nerón! - una emotiva semblanza de un hombre perseguido por una calumnia: la de haber participado en la muerte de García Lorca. Calumnia obstinada y tenaz, a pesar de la abrumadoras evidencias que la desmienten. La abundante fauna de los calumniadores es reacia a las pruebas documentales y, si se da el caso de verse descubierta, se enfurece y arrecia con mayor acritud en sus ataques.

Mereció la pena haber acudido para ver declamar un mismo poema con dos estilos tan distintos como los de Antonio Hernández y Félix Grande. También mereció la pena descubrir que no he sabido leer a Luis Rosales. Hasta ayer lo veía como un pastelero que amasaba arrobas de harina para sacar una sola galleta que - intuición, imagen o metáfora- mereciera ser contada como poesía. A mi sensibilidad aragonesa, le sobraban muchas frases de La casa encendida. El contenido del corazón, y de Diario de una resurrección. Tantas como faltaban en Canciones, un libro Juan Maireniano que ni era plenamente machadiano, ni era greguería a pesar de lo que parecía prometer la dedicatoria.

Sin embargo, ayer presencié un milagro. Lo obraron Carmen Linares y E. Barragán (el guitarrista) cuando cantaron algunas de las canciones de ese libro. Lo hicieron con soleares, con una petenera y con unas alegrías. Al oírlos así se me hizo evidente algo que supone una seria desventaja para los que no estamos duchos en flamenco: que esos poemas hay que leerlos cantados. Es la voz y sus melismas quienes regularizan la métrica que nos parece imperfecta, quienes dan ritmo a una letra que nos parece coja, quienes intensifican el sentido de los últimos versos que nos parecen pobres. Desde ayer considero el fraseo superabundante como el calentamiento de dedos de una guitarra que se apresta a arrancar en un solo memorable. ¡Que pena que no nos hayan enseñado a cantar este tipo de poemas a en las aulas de la facultad!

Como homenaje al poeta y a su ciudad, como recuerdo de Carmen Linares, dejo en este blog las “Soleares a la ciudad de Granada”, forse, altro canteró con miglior plectro

Si tú quieres
iré a morir en tus brazos
Ciudad de la Buena Muerte.

¿Qué bien te sienta el otoño
con tu tristeza dorada
y el agua buscando novio!

Ya sin sol, casi vacía,
tu muerte se va quedando
dormida

¿Quién te vio y no te recuerda
como una iglesia vacía
donde las palomas vuelan?

Y nadie sabe que tienes
bodas de nieve.

Desde la Alhambra ¿recuerdas?
Ir desuniendo un sonido
total donde cada barrio
pone un sonido distinto.

Plaza de los Lobos
Santa Paula y
un son de campanas
que no he vuelto a oír.

¡Volver de nuevo a la infancia
para subir despacito
por la Cuesta de Maraña!

¡Qué desolación tenía
la campana de La Vela
tocando a niña perdida!

Tan sola, siempre tan sola
y la nieve en la sierra
te está vistiendo de novia.

Ni más ni menos; en cambio
Sevilla sigue viviendo
lo que tú estás recordando.

¡Ay!, si
no voy a Granada
no podré dormir
(Luis Rosales: Canciones)