domingo, 12 de julio de 2009

Oficios inverosímiles: Redactor de anuncios por palabras

"Marta muerta, vendo Skoda Favorita"
El redactor de anuncios por palabras tiene un ego encogido y sincopado en el que el alma se repliega del vasto territorio del lenguaje, como en una retirada militar, para acabar hablando en parcos monosílabos. 
Los muy tramposos, comenzaron de alumnos redactando chuletas y, ya adultos, odian los microcuentos (por voluminosos); pues sólo leen con gusto esa biografías condensadas en formato de losa (DIN L569) que son los epitafios.
En el pasado, cuando el Barroco,  eran muy conceptistas, pero si se los psicoanaliza hoy día se descubre que el pensamiento se les ha vuelto gestalltiano y simbólico.
Si yo redactara anuncios por palabras únicamente conjugaría el verbo ser - y, siempre, en forma impersonal para parecer muy metafísico-. Lo digo porque sé de buena tinta que los diccionarios de los redactores de anuncios sin palabras sólo contienen siglas, vocablos comodín y vagos hiperónimos. A pesar de lo cual, lamentan no conocer el chino para poder escribir con menos rasgos.
Emboscados, fomentan la jerga eseemese y se comenta que se han quejado a la R.A.E. porque no se les acepta el uso taquigráfico ni el morse. En justo castigo, al final de los tiempos, cuando las trompetas apocalípticas les convoquen en el Juicio Final, lo harán con una única nota, y será semifusa.

sábado, 11 de julio de 2009

Sobre Carlos Morales y su poesía

Estos días he coincidido con el poeta tinerfeño Carlos Morales. Para celebrar las conversaciones que hemos tenido publico este poema suyo.

A propósito de Rubén Darío

Toda poesía es testimonio
de que el mundo no encaja en nuestra mente
y todavía menos en nuestra alma entera,
como no encaja nunca el mar contra la roca
y seguirá insistiendo más allá del cansancio
por rellenar el hueco del deseo,
por cumplir plenamente la ley que le dio vida.
Hoy termino un artículo sobre Rubén Darío,
uno más entre miles, tratando de explicar
definitivamente la clave del problema
persistente en su obra, en sus palabras,
en la música interna de su verso,
tan clara, tan perfecta y armoniosa
que parece imposible que el problema,
la clave del problema, durase tantos días,
tantos años, tantos versos perfectos,
tanos estudios críticos tratando de aclararlo,
tanto artículo inútil como el mío,
que ecplica ese problema y aún no sabe
cómo es que sufro tanto, cómo es que no proclamo
la clave del enigma de la vida,
para vivir en paz y después gloria,
que debe ser más bello, no lo dudo,
que escribir y escribir desde esta vida.
Toda poesía, en fin, es testimonio
de que el mundo no encaja en nuestra mente
y cuando encaje bien (yo no soy pesiista,
pese a todo), yo me jubilaré
con ese júbilo "donde ya no habrña llanto
ni gemido",pues ya sólo harán falta
esos libros científicos en los que enaja todo,
hasta las excepciones,
que no harán más que confirmar la regla.

Otro poema del autor que brindo a los escasos lectores de este blog misceláneo es el que el autor titula

POSIBILIDADES

A Eduardo Briales García

Esé bebé que mira el horizonte
y extiende impunemente su sonrisa
no puede eqivocarse.
No hay error en su vida ni en sus gestos,
no hay engaño en sus ojos:
aún no ha tenido tiempo
de robarle a este mundo su hermosura
y haberla malgastado
(Aún puede se nunca se la robe,
que contradiga nuestas experiencias
de todo lo que un hombre es y puede...)

Siese bebé que sabe todo lo necesario
para poder reír ante los vientos
de la tarde más fria del otoño;
si ese bebé que mira y juzga al mundo
con su sonrisa abierta, indiscutible,
me mirara un instante y sonriera....
aún sería posible que en mi vida
acontezca un milagro...

viernes, 10 de julio de 2009

Apología del sicófago

In honorem Buzzattiis

Ahora buscarán a un culpable, pero hace tiempo que necesitaba una reparación. La habían solicitado al Ministerio y a la Comunidad autónoma, a la Unión europea y a la UNESCO; pero nada: siempre hallaban otros proyectos más urgentes. El Ayuntamiento nunca tenía fondos suficientes. Eso es lo que dirán porque llevan mucho tiempo diciéndolo; pero el mal venía de lejos. Nadie podría fijar con precisión cuándo comenzó, únicamente el momento en que se produjo un desenlace que ya es inevitable ¿Quién lo habría podido imaginar?
El edificio había sido colegio de los jesuitas hasta la expulsión del a Compañía. Después se instituyó una Real Fábrica de Talla y Pulimentado de Piedras Duras, semejante a las que su majestad Carlos III había disfrutado en Capodimonte. Durante La Francesada albergó sucesivamente a los coraceros del general Hugo y a las partidas de El Empecinado y entrambos lo dejaron muy maltrecho. Veinte años después volvieron las bayonetas (carlistas e isabelinas) a esgrafiar sus injuras sobre los enyesados hasta que por los años de Narváez lo adquirió en un remate don Basiliso del Edén para almacenar leña y carbón vegetal: tan mal había quedado que apenas las paredes, los suelos y techumbre constituían su escasa utilidad.
Cuando murió el señor del Edén lo heredaron - para olvidarlo- los Gayanes, y desde entonces lo ocuparon pastores, gitanos y, más recientemente, emigrantes que periódicamente eran desalojados del recinto por un ayuntamiento temeroso, más que nada, de salir de responsable civil subsidiario en un juicio por accidente dentro del caserón.
Tan sólo buscaba una buena instantánea. Nada más. Había salido a pasear con Berta que, con la cara pegada al suelo, persiguiendo los vientos de una liebre maldita me llevó por ahí.
Al descubrir la higuera creciendo en mitad del muro tres veces centenario pensé: “¡Qué buena foto desde esa rama!”
Trepé por los desconchones y las llagas de los ladrillos de un contrafuerte hasta encaramarme en la cúspide. Desde allí, tras no pocas contorsiones, conseguí encaramarme a ahorcajadas sobre el tronco principal. Los higos estaban morados y parecían maduros, las gotas de resina azucarada perlaban la envoltura como granos de cuarzo en un óvalo de granito…
Arranqué la breva y too empezó a temblar. Las ramas se agitaban espasmódicas, las hojas se azoraron y me golpearon la cara durante un descenso tan apresurado como el volumen de mi temor.
En un punto perdí pie y descendí derecho raspándome el cuerpo entero contra la superficie del paredón. Una lluvia de brevas me acompañó hasta el suelo.
Jaleado por los ladridos de Berta, salí escopeteado por un lateral y un crujido inconfundible a la espalda me hizo saber que se estaba agrietando el murallón. “¡Dios mío, un agujero desenfilado, pronto, porque no voy a poder refugiarme en los taludes de la carretera!”
Con la cabeza protegida por los antebrazos vi la gran polvareda que levantó el paredón meridional en su desplome. De la nube ocre volaban hacia abajo tejas y sillarejo; fragmentos de ladrillo argamasado rodaban por la pendiente; piedra de relleno y piedras esquineras de jambas y dinteles, toda la mazonería del antiguo edificio se deslizaba por el canchal y alcanzó los vehículos aparcados en los arcenes de la carretera comarcal.
Se suspendió la corrida y una estampida de vecinos voló a sus casas para comprobar que una viga se había incrustado en un balcón o que unas tejas se habían estrellado como huevos sobre los suelos del comedor. La estatua de la fuente de arriba yacía mutilada y los automóviles reposaban en la paz de siniestro total. Una mano demente había sembrado vigas y fragmentos de albañilería en posiciones inverosímiles. La erupción del viejo caserón, como un Vesubio sin lava, había trazado su colada destructiva por el pueblo y gentes asombradas con mirada de insomne o de difunto observaban la ruina.
Permanecí escondido hasta que oscureció; después, subí a mi coche y tome el camino que evitaría a los bomberos y a Protección Civil. Desde entonces me oculto en casa. He pegado en la puerta un folio que informa a los vecinos de mis vacaciones durante todo el mes. Cuando se terminen los víveres, saldré- a las cuatro de la madrugada- a comprarlos en alguna gasolinera de servicio. Cada vez que llama el cartero espío por la mirilla para ver si trae la carta certificada que contendrá la citación judicial. A Berta la abandoné esa noche. Temo la ira popular. He pedido la excedencia en el cuerpo de Restauradores y Conservadores del Patrimonio y, lo peor de todo, han dejado de gustarme los higos.

sábado, 4 de julio de 2009

Sabater: Educarlos para que me voten

Recientemente he asistido a una conferencia de Fernando Sabater sobre educación.
Comenzó con una brillante frase de John Kennet Galbraight cuando afirmaba que "las democracias están siempre amenazadas por el voto de los ignorantes". Brillante expresión que no puedo sino compartir y de ahí que me haya sorprendido tener que lamentar algunas excogitaciones del señor Sabater, que a continuación expondré. Una vez más se cumplió aquello de que los filósofos, en las conferencias, se dedican a decir obviedades, erso sí, con gran dramatismo, para que la gente piense que se les acaban de ocurrir. En el caso del Profesor Sabater, hubo afirmaciones que pasaron de la obviedad a la reconocible falacia, eso sí, con un ensayado tono de tolerancia.

El amigo de Rosa Díez afirmó, por ejemplo, que el Vaticano era más inaceptable como estado que la misma Arabia Saudí, pues está en Europa; y alegó que la Santa Sede se había negado a firmar un manifiesto contra la tortura y la pena de muerte. Yo, por no darle más cuerda, me limité a decirle que el Vaticano es un estado que no es como los demás estados, sino una forma de autoorganización de una institución internacional, cuya pertenencia es voluntaria, y que ha adoptado esa forma por vicisitudes históricas. La defensa era mala, pero estaba deseando pasar a otra cuestión. Como siempre, las respuestas se te ocurren después, cuando se serena la taquicardia que te ha producido oír ciertas cosas. En el ámbito de las comparaciones, recordé que un amigo mío estuvo a punto de ser encarcelado en el aeropuerto de Ryad por haber comprado una botella de vino tinto en la escala anterior en Zürich. Consiguió salvarse gracias a la intervención del príncipe que lo había contratado quien, a continuación, le retiró el pasaporte y lo convirtió en un rehén durante todo el tiempo que estuvo trabajando para él.

Teniendo en cuenta que mi experiencia en cuanto a entrar en el Vaticano no ha pasado de los museos, he percibido, sin embargo, que hay más problemas para entrar territorio pontificio que para salir, es más, casi todos los que tienen pasaporte vaticano comen y duermen fuera de él. Después, me he preguntado si conocía alguna denuncia por tortura contra la Guardia Suiza, y como no conseguí acordarme de ninguna, hice lo mismo con las penas de muerte aplicadas en el Vaticano desde su creación o desde la desmembración del estado anterior en 1871. Muy mal debo andar de memoria porque no conseguí dar con ninguna otra. Cabría la posibilidad de que la Iglesia Católica estuviera a favor de ambas cosas: la tortura y la pena de muerte formaran parte de las prácticas aprobadas por la Iglesia. Como esta institución tiene un ideario al alcance de cualquiera, se llama Catecismo, consulté lo que se dice en él sobre ambas cuestiones (parte dedicada al quinto mandamiento).
Para mi sorpresa, después de oír a Fernando Sabater, resulta que la tortura está condenada, siempre y en todos los casos. En cuanto a la pena de muerte se dice que aunque la doctrina tradicional no la excluye si este fuere "el único camino posible" para defender las vidas humanas del agresor (situándola en unas exigencias previas que la acercan -sólo en esas circunstancias- al caso de la legítima defensa) sin embargo, continua el catecismo glosando la doctrina tradicional: "dados los medios de los estado modernos" esas situaciones "suceden ... muy raras veces... si (conjunción condicional) es que ya (adverbio de tiempo, equivalente a hoy), en realidad, se dan (hipótesis remota) algunos casos"
Ponía Sabater como ejemplo de ciudadano democrático a aquel que está dispuesto a persuadir y a ser persuadido. Yo me conformaría con que el señor Sabater se informara y estuviera informado antes de enunciar perlas como la comentada. porque, estamos de acuerdo, los ignorantes son un peligro para las democracias.

Entre otras muchas cosas, el filósofo de la izquierda prostática (por la edad de sus seguidores), rebatió a aquellos que dicen que los valores cívicos deben de transmitirlos los padres. Lo hizo con el argumento de que "quien tiene por padre a Thomas Jefferson tal vez salga muy formado; pero que en otros casos..." He de reconocer que tiene algo de razón, por aquello de que conozco padres y madres a los que habría que retirarles la patria potestad para poder educar al hijo, pero esa comparación nos adentra en el terreno de la lotería natural que uno recibe al nacer; y se puede aplicar a otros muchos terrenos: ¿porqué tengo que conformarme con este profesor, o este instituto de barrio, o esta clase? o - desde la óptica del docente- "Si te toca un buen curso, puedes trabajar, pero si te toca ...." En todas estas cuestiones, actúa el azar sobre la vida, y tanto la una como el otro, son injustos. Pero la solución no pasa por autoerigirse en el monopolio de la corrección de injusticias y determinar -por partitocracias coyunturales en un régimen de disciplina de voto- quién es el único que puede educar a la ciudadanía, en imponer la visión del poder político; sino en aumentar los cauces de información y variar la fuente de los mismos. Pues la educación cívica, como la religión, no pueden imponerse desde arriba; sino reflejar también, en la medida en que no sean aberrantes, los valores que aceptan los ciudadanos (y esto incluye también a los padres).

Desgraciadamente, la experiencia nos enseña que hasta de un hijo de Jefferson puede salir un activo miembro del KuKlux Klan- cosa que ignoro si sucedió-; del mismo modo que la hija del escritor ácrata Ramón J. Sender puede profesar de monja, como de hecho profesó. Hay, lo sabemos por Freud -tipo del que desconfío pero que no puede estar en la mentira absoluta porque esto es imposible-, hay, decía, en algunos adolescentes una necesidad de "matar -psicológicamente, se sobreentiende- al padre" para ser ellos mismos. Y contra esto no se puede luchar durante ese periodo de psicopatología funcional transitoria que llamamos adolescencia; arrancar ese instinto o necesidad supondría violar algo tan irrenunciable como la libertad personal. En resumen, sea uno hijo de Lincoln o de majarajá de Kapurtala, no es automático que pase a la posteridad ni como el hijo de la gran ... tanto ni como la reencarnación de Mahatma Gandi, aunque reconozco que en un sentido lo tiene más difícil que su contrario.

Pero no se quedó ahí el señor Sabater y nos dijo, para defender la Educación para la Ciudadanía, que la mala educación es muy cara, porque después esas personas mal educadas (es decir las que no se han dejado persuadir, como usted, señor Sabater, y como yo) votan. Ahí lo sí que lo vi meridianamente claro: "Hay que defender la educación para la ciudadanía para que voten lo que quiere usted". Eso es lo verdaderamente importante de la cuestión; eso es precisamente por lo que hay que estar en contra de ella.

domingo, 28 de junio de 2009

Hispano- Suiza

El Ayuntamiento de Guadalajara acaba de comprar un Hispano- Suiza para conservar la memoria de la factoría que se ubicó a principios de siglo en esa ciudad.
¿Sabían ustedes que la Hispano-Suiza fabricó 60.000 motores para los aliados entre 1914 y 1918? Yo, hasta ayer, no. El éxito comercial de la marca se basaba en la fiabilidad de los mismos cuando eran montados sobre un aeroplano. En el aire, el prestigio de los motores Hispano-Suiza era superior a la de los ,ya entonces míticos, Rolls-Royce. Los ases de la aviación gala exigían motores de esa marca española y al calor de las hélices vino la venta de camiones, camionetas y automóviles pues, como pueden ustedes imaginar, no tuvieron 60.000 aviones los aliados en ningún momento de la guerra.
La fabrica de Guadalajara funcionó desde 1917 hasta 1936, en esas fechas, por la cercanía del frente y para evitar que cayera en las manos de los nacionales, se trasladó a Alicante para nunca volver. Hoy los barracones de la H-S son una ruina de la que periódicamente hay que expulsar a los habitantes de los aduares gitanos que la colonizan de tanto en tanto. Nadie o casi nadie recuerda que en sus barracones se fabricaron los elegantes Hispano-Breguet y el autóctono Hispano-Barrón que nutrieron las escuadrillas de Primo de Rivera y de la República hasta la llegada de los cazas rusos, italianos y alemanes en nuestra guerra civil.
También se fabricaron camiones y un modelo de camioneta muy adecuado para las fuerzas armadas que llevo el nombre de "Guadalajara" y que puso a prueba sus sistemas de supensión en los caminos de herradura del Rif.
El motivo de la instalación de la fábrica en la ciudad alcarreña no era otro que la cercanía del Regimiento de Aerostación (o "de globos", como le llamaban los paisanos) y la siempre añorada Academia de Ingenieros que nutría de cerebritos las escuadrillas del servicio, todavía no "Ejército", del aire. Nunca han vuelto unas fuerzas armadas a tener tanta "ciencia: matemática, geodesia, eletrotecnia, castramentación, mecánica, etc." aferrada a las palancas de un aeroplano. Uno de esos oficiales del Arma de Ingenieros, José Ortíz de Echagüe, montó el primer servicio de reparación de aeroplanos en Marruecos, la empresa C.A.S.A. durante la Guerra Civil, y SEAT, al comenzar la posguerra; por si fuera poco, era un fotógrafo de primera cuyos trabajos pueden admirarse en la colección que uno de sus hijos legó a la Universidad de Navarra.
José Ortíz de Echagüe era de los que fabricaban personalmente el papel fotográfico y las emulsiones de revelado. Artísticamente estaba muy influido por su hermano- el pintor impresionista que murió en Argentina- y sus trabajos (los del ingeniero) recuerdan los cuadros Soroya, de Regoyos, de Zuloaga y de tantos pintores de principios de siglo que se acercaron a las tradiciones de la España profunda con interés y veneración.
Volviendo al comienzo, la Hispano-Suiza se disolvió al terminar la Guerra Civil, parte de sus talleres y materiales pasaron- creo a ENASA-Pegaso, parte a Hispano Aviación, parte a CASA y el resto (papeles, nombre, álbum fotografico) lo posee una empresa catalana denominada "Perelada" que gestiona campos de golf, eventos festivos y culturales y negocios afines.
Creo que la marca se merece una buena investigación y sería un placer emprenderla.

miércoles, 24 de junio de 2009

Caligrafía

El instituto en el que trabajo ha tenido la humorada de convocar un congreso de institutos históricos, entendiendo por tales los que fundaron las diputaciones provinciales en el lejano siglo XIX. Eran tiempos en los que el presidente de la diputación era el "Jefe Político Provincial", es decir el Delegado del Gobierno actual; y no un cargo elegido por los diputadetes comarcales. Que tu propio centro convoque un evento así te compromete y te joroba, te compromete porque ¿cómo vas a negarte a preparar una comunicación o una ponencia si te lo pide un compañero con el que te tomas cañas todas las semanas? Te joroba porque no sabes de qué hablar.
En este tipo de congresos los participantes sacan pecho y presumen de que en su centro estudió Gregorio Marañón o Santiago Ramón y Cajal; y como en el Brianda de Mendoza no han estudiado Lope de Vega ni Severo Ochoa (como mucho, estuvo matriculado Clarín, aunque no aparece en las actas de junio), y en el terreno de alcarreños ilustres de la era liberal lo más que llegamos es a un biólogo volakupista, he tenido que ingeniármelas para dar con Eufrasio Alcázar Anguita, quien me ha proporcionado suficiente materia como para hacer una comunicación de diez minutos y luego dedicarme a comer (que es a lo que se va a este tipo de congresos "pedagógicos").
El buen Eufrasio Alcázar era un jienense licenciado en Filosofía y Letras que, fuera de toda lógica, cambió un destino docente en sitio tan agradable como la tacita argéntea, por el áspero poblachón de Arriaca (Guadalajara) en 1928 para ocupar la plaza de profesor de Ayudante de la sección de Letras. Don Eufrasio era profesor excedente de Caligrafía, asignatura a la que los estudiantes del pasado dedicaban muchas horas y que tenía un importante reflejo en la vida comercial.
Actualmente, sólo practican la caligrafía artística los estudiantes de diseño, los raritos y alguna gente deprimida a la que los psiquiatras se la recomiendan por tratarse de una actividad que exige concentración, sosiego y que proporciona pequeñas alegrías siempre estimulantes. Es decir, un camino hacia el zen a través de la caligrafía.
Aquello de Machado "despacito y buena letra / que el hacer las cosas bien / importa más que el hacerlas", ha pasado a la historia como una abstrusa sentencia poco menos que incomprensible para los alumnos de hoy. Como docente, añoro la cuidada letra de las alumnas de no hace muchos años, ya que las tiorras del 2009 (la palabra es de Unamuno) escriben como carboneros achispados. Mi propia grafía, que nunca ha sido muy buena, degenera diariamente por el tecleteo y ratoneo del ordenador y dentro de poco acabaré firmando los cheques con un aspa. Pero me estoy desviando del propósito inicial que no era otro que presentar a E. Alcázar Anguita.
Además de crear unas plantillas para hacer letra gótica, inglesa, bastardilla (o redonda) y diversas modalidades de iniciales ornamentales; este hombre tradujo novelas del francés, escribió romances para la representación teatral ("Evocación de Lope"), una novela local ("Amor en el Infantado") y diversos tratados de peritación caligráfica que fueron utilizados por los peritos calígrafos de las policías judiciales iberoamericanas, así como por quienes trabajaban para los juzgados españoles.
El profesor Alcázar residió en Guadalajara hasta julio de 1936. En esa fecha, la cocinera de la familia, que tenía un novio de la UGT, le avisó de que, por ser persona de misa y orden, estaba en la lista negra de las detenciones que se iban a practicar esa semana. Tras tan instructiva conversación, la familia en pleno tomó "el tren corto de Guadalajara" y se bajó en Atocha para buscar escondite. Nunca regresó a esta ciudad en la que imprimió la mayoría de sus obras.
(Seguiré)

viernes, 19 de junio de 2009

De islas, tesoros y novelista: reflexiones sobre una lectura.

Acabo de leer el libro de Alex Capus la otra isla, cuyo título original es "Reissen mit Licht der Sterne" y lo publica la editorial Lumen
Capus es un narrador francés, en concreto, normando, afincado en Suiza que escribe en alemán y que ha publicado, con éste, por lo menos siete libros.
La otra isla es ensayo biográfico sobre la estancia de Robert Louis Stevenson en Samoa.
Tiene por objeto intrigar a lector con la posibilidad de que los Stevenson hubieran encontrado el tesoro de la catedral de Lima, robado en 1820 por el capitán Thomson y llevado, según la unánime confesión de la tripulación al ser sometida a tormento por las autoridades virreinales, a la isla del Coco. Desde entonces, varias decenas de expediciones (podrían acercarse a un centenar) han intentado rescatar las joyas y el oro macizo (una Virgen con Niño de tamaño natural) que se ocultaría en esa isla costarricense del Pacífico, sin que los denodados esfuerzos y medios empleados (detectores de metales, buldozers, dinamita, “mapas auténticos”, etc.) hayan podido rescatar un gramo de oro o tan solo una piedra preciosa.
El título español responde mejor al contenido del libro que la poética -y ambígua- frase del original, pues el punto fuerte de Capus no es "el viaje a la luz de las estrellas"; sino una sugestiva hipótesis, la de que la isla del Coco que ocultó y oculta el tesoro no fuera la costarricense, sino Tafahí, a doscientas sesenta millas al norte de Samoa y a un par de millas más de la casa que se construyó Stevenson entre los samoanos.
Entrando en materia, lo mejor de la argumentación reside en que esa isla del Reino de Tonga fue bautizado como "Cocos Eylandt" por el nerlandés Jacob LeMaire, que la descubrió en 1616. Además, con tal nombre figuró en los cartuarios holandeses y británicos de los siglos XVII y XVIII. Como la navegación desde las costas de Perú puede hacerse fácilmente si se deja uno llevar por las corrientes marinas y por los vientos alisios- como demostraron Thor Heyerdahl y su Kon-Tiki- no es imposible que Thomson, o el pirata español Benito Bonito, hubieran elegido ese lugar para esconder unos tesoros que no podían pasar inadvertidos a ninguna de las autoridades portuarias del continente americano. Ya lo habían hecho, como menciona Capus, los filibusteros del "Port au Prince" en 1806, con muy mala fortuna, por cierto, pues fueron degollados por los isleños al día siguiente de su llegada y legaron el oro y el navío a unos polinesios que minusvaloraban el primero y que quemaron el segundo para extraer las piezas de metal y fundirlas con objeto de transformarlas en hachas, cuchillos y puntas de lanza. El cambio de nombre que supuso adoptar el nativo, "Tafahí", en lugar del nerlandés "Cocos Eylandt" se produjo a principios del siglo XIX, la coincidencia de nombres y de cambios, así como la cercanía o distancia de la costa americana hicieron que las autoridades españolas no imaginaran que la "isla del Coco" pudiera ser otra distinta de la que se yergue al norte de las Galápagos. Llegados a este punto hay que aclarar que Thomson y su lugarteniente Keating -únicos miembros de la tripulación que no se habían bamboleado en las sogas de los patíbulos peruanos- echaron a correr hacia la jungla en un descuido de los soldados españoles que les habían conducido hasta la actual "Isla del Coco", y no fue posible encontrarlos dada la frondosidad de la vegetación; aunque los rescató, un par de años después, una ballenera de Vancouver que estaba haciendo la aguada y que se los tomó por naúfragos.
Hasta aquí lo util: la historia del descubrimiento, del robo del tesoro catedralicio y lo que tiene de biografía de Stevenson. El resto del volumen naufraga entre hipótesis que aprovechan los "lugares de indeterminación" que no han conseguido elucidar los demás biógrafos del novelista escocés. Con arte de componedor de rompecabezas, el autor francés formula sugestivas ideas que se quedan en meras conjeturas, sin el menor grado de demostración, aunque con hábil capacidad de persuasión. Pertenece, pues, al mundo del ensayo y de la ficción-historicista: sugerencia, encaje de datos espigados y dispuestos con habilidad; y el típico discurso del que pretende demostrar que Cristobal Colón nació en Leganés. A pesar de tales defectos, se lee con el agrado de una buena novela de aventuras.