jueves, 25 de febrero de 2010

Que sap vosté per òn es va cap America?

Héctor Oliva Camps: Pasajes a América: La excepcional vida de cinco catalanes en ultramar, Barcelona, RBA, 2007

He de confesar que el subtítulo del libro me resultaba antipático. Por eso lo excluí de las tumultuosas que compras que cada Navidad perpetro entre los anaqueles y las cajas registradoras de El Corte Inglés Diagonal. Ya tenía bastante con Montilla, tebetrés y Carod como para embarcarme en una lectura que exhalaba, a modo de incienso, perfumes de cebolla (çeba) y “butifarra amb mongetas”... Estaba equivocado. Tiene mucho de cebolla, pero también interesantes biografías que resumen con gran agilidad y notable interés el periodista Oliva Camps, quien ha conseguido con este libro una obra de esas que te fuerzan a leerlas de un tirón.

Pasajes a América me ha permitido enterarme de quién fue el Virrey Amat (el del Palau de la Virreina, aunque nunca existió ninguna Virreina). Un vicerrey cuya plaza transité de niño y cuya dirección ostentan los rótulos de una línea de autobuses que tiene parada cerca de la casa de mis padres. Me ha permitido conocer la tarea del marino, geógrafo, cartógrafo y botánico de Malgrat, Félix Cardona i Puig, quien arrastró su catalanismo y las “mongetas” por las selvas caribeñas para explorar la Guayana venezolana, fijar las fronteras de la nación con las limítrofes, clasificar una decena larga de plantas y descubrir picos no vistos por el hombre blanco. Cardona acompañó y orientó el biplano de Jimmy Angel (sin tilde) hasta el Churún Meru (“salto de agua”en lengua pemón) que es como los indígenas conocían a la famosa catarata de un kilómetro de caída que los norteamericanos se apresuraron a bautizar como “Salto de Angel” (sin acento) en clara injusticia con el verdadero descubridor.

Pasajes a América me ha permitido conocer la vida de Bacardí, el del ron, pero sobre todo, me ha mantenido con el alma en vilo mientras leía la increíble inhumanidad de una exnovicia del Sagrado Corazón, exdrogadicta, informadora de dinamiteros anarquistas en atentados contra empresas de su propia familia y divorciada de industrial catalán Pau Mercader. Tal hembra-trueno fue Concepción del Río, la mujer que no dudó en entregar a su hijo Ramón a Kotov y al NKVD para lo que hiciera falta; aunque lo que hiciera falta en este caso fuera encerrarlo veinte años en un penal Mejicano. Cuando Ramón aceptó las sugerencias de su madre, comenzó una operación de navegación desde larga distancia que, por medio de aproximaciones concéntricas y fingimientos que duraron años, tenía que conducirle al despacho de Liev Davidovich Bronstein, más conocido (en honor de su bonachón carcelero de Odessa) por el apodo de Trosky.

Todo lo que rodea la operación de infiltración de Mercader en la intimidad del revolucionario caído, parece extraído de una delirante e inhumana ficción y, sin embargo, para nuestra consternación, ocurrió.

Me ha dejado tan impresionado la lectura que no he parado hasta comprar el bien escrito libro de Leonardo Padura: El hombre que amaba los perros, que vuelve a estudiar el mismo episodio, en este caso a través de los comentarios que el propio Ramón Mercader pudo hacer en La Habana cuando cumplió sus veinte años de condena en el penal de Lecumberri, en de D.F. Padura es cubano, tiene mi edad, ha autofagocitado en hambre su educación marxista, y escribe bien.

Seguramente los gorriones le dedicarán unas líneas.

miércoles, 17 de febrero de 2010

INVICTUS

La película del abuelo Clint, que puesto a dirigir las cámaras nos está saliendo bueno, trata, como casi todo el mundo sabe, del proceso por el que un símbolo del orgullo afrikaaner, (blanco, neerlandés y calvinista); esto es: su equipo de rugby, se transmutó- por la inteligencia y el carisma de un ex-presidiario negro, Nelson Mandela- hasta convertirse en el emblema de una Sudáfrica multirracial y unida con el que podían identificarse los que hasta ayer mismo se enfrentaban a tiros, mazazos, hachazos, estocadas de azagalla e incineración - con collar de neumáticos impregnados en gasolina - de rehenes vivos y maniatados.

En su celda de Rooben, a lo largo de los 27 años que estuvo picando cal, Nelson Mandela fue capaz de descubrir el enorme poder del perdón: La invencible fuerza del perdón podía construir allí donde todo eran incitaciones a la devastación. Lo hizo a pesar de las numerosas humillaciones que detalla en su biografía y que resume, para lectores con prisa, ese gran reportaje de Dominique Lapierre que se titula Un arcoiris en la noche.

Con la asunción del perdón, pudo ofrecer a su nación, dispuesta a desangrarse de nuevo en salvajes conflictos tribales, un futuro en el que todos tenían algo que aportar. Sudáfrica necesitaba que los enemigos de ayer colaborasen. Su ley de “memoria histórica”, presidida por el obispo anglicano Desmod Tutú se basaba en una comisión denominada: "Verdad y Reconciliación". A quienes ayudasen a esclarecer los crímenes no resueltos en los últimos treinta años de guerrilla y represión, se les ofrecía la reconciliación con las nuevas autoridades. Y la formula funcionó. Acudieron policías, chivatos, guerrilleros de múltiples facciones, asesinos a sueldo, espías y liberaron su conciencia en una inmensa catarsis nacional. No faltaron ocasiones las que las revelaciones fueron literalmente insoportables. Los yacimientos de abyección que son capaces de almacenar las almas fanáticas cuando se entregan a combatir “científicamente” a sus enemigos, salieron a la luz como un gigantesco absceso, organizado pos los servicios de seguridad, que había estado pudriendo la hipodermis del país durante décadas. ¡Espeluznante!

Contra todo pronóstico, el resultado no fue una cadena de ajustes de cuentas, (que habrían quedado impunes con gran facilidad en un país padece altísimas tasas de criminalidad) sino el inicio de la reconciliación nacional. No se intentó aplastar a los opresores de ayer, sino de incorporarlos a la construcción de un porvenir. Tal magnanimidad no se ha visto en los últimas paradas de la historia universal.

Todavía es pronto para determinar si la tentativa postrera de ese fallido experimento social llamado "descolonización africana" ha tenido éxito.Muchos problemas aquejan a la república austral: desempleo, ignorancia, tribalismo, delincuencia organizada,... no me siento tentado de echar las campanas al vuelo y de brindar con vino dulce del Veld criado por descedientes de hugonotes franceses. Pero de lo que si estoy seguro, es de que si hubiera en la política nacional medio Mandela para reconciliar a shonas, xosas, afrikaaners y zulúes, dormiría más optimista.

domingo, 7 de febrero de 2010

La recepción de Cayetano Rojas

Un buen amigo me ha regalado un libro en el que Antonio Iglesias Laguna recoge las críticas que publicó en ABC durante los años 1970 y 1971. En el apartado "Novela innovadora", en la página 286, recoge una crítica de la imaginativa novela de Aquilino Duque, La Rueda de fuego, que entonces publicó Planeta (1971) y que en 2005 ha reeditado "rdeditores". Se trata del libro Literatura de España día a día (1970-1971), Madrid, Editora Nacional: ¡Una auténtica rareza con los tiempos que corren!
Para memoria histórica de La Rueda de fuego, del personaje llamado Cayetano Rojas, y de la recepción de ambos, reproduzco el artículo en este espacio de libertad para pájaros urbanas.

La rueda de fuego1 Aquilino Duque

Un buen sistema para realizar una labor literaria de altura es el expatriarse por largas temporadas, sin perder el contacto con el mundo propio mas manteniéndose al margen de sus miserias cotidianas. Hemingway llevó a cabo así parte de su obra. Y Dostoievski. Por no hablar de Thomas Mann. Se gana en distanciamiento, en perspectiva, en lucidez. "Tirano Banderas" no sería la misma novela si Valle-Inclán la hubiese escrito en Méjico. Sería más localista, más colorista, menos honda y paradigmática. Documento histórico en vez de esperpento genial.

Esto sucede también con la narrativa de Aquilino Duque, uno de los narradores jóvenes con más solera dentro de la escuela andaluza. Aquilino Duque, Alfonso Grosso y Ramón Solís, cada uno en su estilo, marcan hoy la pauta a sus camaradas generacionales. Ahora bien, el menos conocido, el menos estudiado de los tres, me parece ser Aquilino Duque, sevillano y viajero infatigable, traductor y antólogo, poeta y novelista. Como antólogo habría que ponerle reparos. La antología "Spanien erzählt”, de Hilde Domin, por él inspirada, no cabe considerarla modélica, más bien lo contrario, aunque recoja nombres importantes. Antología publicada en pleno auge del objetivismo y la novela social. Pese a todo, Hilde Domi señalaba en ella el peligro de los esquematismos y apriorismos en sustitución de la observación discreta de la realidad social. De tal peligro se zafa Aquilino Duque. Su poesía —"La calle de la luna", "El campo de la verdad"— se aparta de la temática del tractor y de la zanahoria y se acerca al onirismo; su novelística —"Operación Marabú", "Los consulados del más allá"- vive en un tiempo mágico donde la realidad importa sólo como semilla de otras realidades posibles, pasadas, presentes y futuras. El novelista parte de la negación del mundo sensorial con objeto de recrearlo a su gusto. "Operación Marabú comienza con estas palabras: "Mi tío Kostka Gaztelu, fiscal que fue de la Audiencia de Sevilla, tenía la habilidad de convertir en mueble, de una maldición, a todo aquel que se le atravesaba... El aparador del comedor, el bargueño del, despacho, el reloj de pesas de la escalera y el paragüero del pasillo eran, respectivamente, el delegado de Hacienda, el capellán real, el cónsul inglés y el decano del Colegio de Abogados." Por otra parte, ya señaló Guillermo Díaz-Plaja el influjo valleinclanesco en la concepción de "Los consulados del más allá", novela que tiene por prolongación de "Baza de espadas".

Si "Los consulados del más allá" revive un lugar y tiempo definidos —el Cádiz entre la "Gloriosa" y don Amadeo—, "La rueda de fuego", última novela del escritor sevillano, lanza su girándula metafórica en el espacio de unos trimestres académicos y en lugares dispares: Inglaterra, Cádiz, Sevilla, Venecia, Nueva Orleáns. Trimestres que también son siglos, lugares que se multiplican. Visión espectral de un Carnaval de sensaciones y sentimientos encontrados; distorsión irónica y lírica de la cotidianidad académica, potenciada y desvirtuada al estilo de los grandes de A. Paul Weber. La magia verbal de Aquilino Duque, su dominio de la metáfora, su ironía que a veces llega al sarcasmo, efectúan el milagro de dar visos de verosimilitud a lo perfectamente ilógico, anormal. El descoyuntamiento de tiempos y conciencias está ejecutado concienzudamente (la novela, tuvo doce años de gestación), con una carga de barroquismo muy andaluz. Lo que Aquilino Duque dice respecto a la Sevilla de la Semana Santa podría aplicarse a su novela: "Porque esta semana sagrada de Sevilla tenía tiempos superpuestos: un tiempo cósmico, un tiempo histórico, un tiempo estético (página 200). Sobre ese tiempo cósmico planea una mano negra, encarnación del Mal, que apaga cirios y, transformada en rayo, abrasa el pie de Harold en la Capilla de Santo Sepulcro.

Si hubiera de buscar un contrapunto pictórico a esta novela, pensaría en El Bosco. Novela grotesca. Como grotescos son los "Caprichos" de Goya: por superación de la realidad, por caricatura de la forma para llegar a las deformaciones del espíritu. Lo grotesco supone una constante de la narrativa moderna. Y también del teatro. En teatro presupone la tragicomedia. Incluso en esto se anticipó Valle-Inclán. Lo tragicómico, lo grotesco, nacen de un sentimiento de frustración, de culpabilidad colectiva, de impotencia ante el destino. Dürrenmatt lo ha visto así y por ello rechaza la culpa en sentido cristiano. "La culpa —dice— existe sólo como realización personal, como hecho religioso; pero nosotros somos hijos del miedo”.

Aquilino Duque, reminiscencias kafkianas aparte, está muy cerca de Gustav Mayrink. "Der Golem" me parece el espejo en que "La rueda de fuego" se mira. Idéntico el tema central: la fisión del yo, la ruptura de la personalidad. Sólo que el juego entre el yo escindido y el cambio continuo de ser, la indecisión entre la vida y el sueño, adquieren mayor dramatismo en " Der Golem”

Aunque el editor anuncie "La rueda de fuego" como “un carrusel de aquelarre", la novela no aterroriza (terror y humor son ingredientes de lo grotesco); divierte más bien, y hay que tomarla como un "divertimento", como un capricho, como un alarde de estilo e ironía, como un ejercicio de virtuoso para saltar las barreras del tiempo, como una intemporalidad encarnada en la presencia constante del Mal, que es constante del relato e intemporal por sí mismo. Pese a haber momentos de gran realisimo en la obra —la descripción de los medios universitarios ingleses, las escenas sevillanas—, Aquilino Duque desrealiza, desdibuja el entorno, al revés que Gustav Meyrink, cuyo "ghetto" de Praga, descrito con exacta crueldad, envuelve en una niebla acongojante el alma confusa del protagonista.

Grotesco viene de "grotta" (gruta), y alude a un estilo ornamental de tiempos de Augusto, cuando, como Vitruvio dice, se prefería decorar con monstruos antes que con imágenes del mundo real. Estilo decorativo redescubierto por el Renacimiento, en sus excavaciones arqueológicas, que motivaría frescos de Pinturicchio y de Rafael, dibujos de Paul Decker. La última derivación arquitectónica del "grottesco" augusteo la tendríamos en Gaudí. "La rueda de fuego" me parece exactamente eso: una galería decorada con monstruos, una gruta poblada de monstruos, no para terror sino para solaz, para evasión de la vulgaridad de las cosas, para entrañamiento en su substrato fenomenológico. El personaje central, Cayetano Rojas, no pretende ser, igual que Golem, más que la representación de sus sueños, la medida de las posibilidades de su fantasía. "Esta tendencia a confundirlo todo, esta facilidad de pasar de una cosa a otra distinta por el sutil (hilo invisible de una abstracta cualidad común a ambas, e impedían aplicarse con provecho a los trabajos que le encomendaban, todos al margen de su interés por ajenos a su fantasía. Vivía, pues, en sueños, inmerso en un mundo de sorpresas y descubrimientos" (pág. 6). Así, desde el inicio de la novela nos movemos en una suprarrealidad. Cayetano Rojas, en metamorfosis continua, sólo tiene una entidad corpórea, aparente; consiste en la inconsistencia de una abstracción, de un ectoplasma a la busca de las raíces del Mal. Sus aventuras amorosas importan poco. Cayetano Rojas existe al mismo tiempo en Dallas, en el Trocadero y en Cádiz; dialoga con sus jefes del Cotton Exchange, con Alfieri y con sus colegas de la guarnición gaditana; vive en el barrio colonial de Nueva Orleáns y se desdobla en su antepasado Andrés Almonester y Rojas,cuya hija Micaela de Pontalba, casada con su primo Xavier Celestin, entra a formar parte de su mundo erótico, al igual que el marido. Los triángulos amorosos formados por Aquilino Duque al galvanizar cadáveres, al dotarlos de una vida ilusoria, contribuyen a eliminar toda sensación de temporalidad, de finitud. Micaela revive, se corporeiza, ama y sufre, miente y peca en el sueño de Cayetano Rojas: "¿Qué era más real, su existencia efectiva y olvidada o la existencia imaginaria que un ser vivo conjuraba en ella?" (pág. 22).

El arte del novelista consigue otorgar verismo a esta espectral vida de los personajes, acentuando los detalles realistas, dando el quiebro del humor, trazando el arabesco de la metáfora cuando el choque entre lo cosificado y lo ficticio, entre lo vivo y lo pintado, convierte en imposible cualquier ilusión de verdad, de existencia humana de los muñecos. Porque muñecos, muñecos de gran guiñol, son todos ellos, y el autor, para señalar esta cualidad, coloca a su lado a las figuras de la comedia del arte. Atento a retrotraemos, del mundo mágico e intemporal, a la vulgaridad cronometrable de tejas abajo, el novelista insiste en las trivialidades de la vida universitaria, abusa de las frases en inglés a fin de situarnos en el ambiente descrito. Y logra, de paso, caricaturas formidables de 1os "Proctors", visiones irónicas de las francachelas universitarias en las chalanas del río, las tascas y los clubs.

Ectoplasma Cayetano Rojas, también constan de fluido mesmérico, de sustancia onírica, los demás entes (“mediums") de la narración. Bridget Glastonbury puede ser una estudiante incorporada "al mundo real de los fantasmas" del héroe, pero al mismo tiempo hace el amor ya muerta, descuelga del abeto las ropas de los licántropos y se le aparece en plan de Gorgona; a Susan Fesca "esposa del señor y moza de partido", vive la disipación juvenil de la Universidad y a la vez enamora a Cayetano, alucinado por sus ojos verdes, "ojos calcinantes que reducían a pavesas el pasado y el porvenir" (pág. 39), que son precisamente verdes porque así los quiso crearla en su fantasía. Otro tanto ocurre con Odile, amante sucesiva de seres vivos y muertos, imaginan reales (Paco Lora, Bennaser, Pontalba), la cual perece en el camarote del barco hundido, rodeada de peces y abrazada al negro Moÿse. Muerte fatal, como la de Micaela, cuya existencia rebasa asimismo los límites temporales.

La zarabanda de brujas, espectros, concupiscencias y reflexiones trascendentes, de impulso vital y demolición onírica, se vuelve vertiginosa con la intervención de otros personajes: Harold, el barón de Pontalba, Tiresias, Tim Tickle, carentes por igual de entidad efectiva. No son sino posibilidades vitales imaginarias del personaje central: Cayetano Rojas. Personaje cuya vida consiste en autonegarse, en desrealizarse, volcado en el mundo sueños. Está hecho, shakesperianamente, de la materia de los sueños y, en consecuencia, desentierra muertos y mata vivos para galvanizarles y desustanciarlos mediante la vida ilusoria que les concede, en apoyo de su evasión mental, próxima a la locura.

Nada de relato tremebundo. "La rueda de fuego" se lee hasta con regocijo. El humor de Aquilino Duque evita lo kafkiano, lo hoffmannesco. Apenas si la mariposa becqueriana aletea un instante en los ojos verdes de Susan. Detalles shakesperianos existen en Bridget. Ahora bien, repito, la novela es un "divertimento", un jugueteo con las posibilidades del ser, con la superación del tiempo y del espacio según pautas de Borges y Lezama Lima, sabiamente asimiladas y convertidas en técnica muy personal. Y, para concluir, insistamos en la flexibilidad del estilo, en la riqueza lexical de Aquilino Duque. Un novelista joven exigente consigo mismo y, por lo mismo, auténtico, auténticamente ensimismado en el mundo de sus sueños.

Antonio Iglesias Laguna: "A B C", 15-VII-71.

1 Editorial Planeta, Barcelona 1971. 286 págs.


sábado, 30 de enero de 2010

Jiménez Lozano y el azul que sobró del cielo

Fiel a su mundo- rústico y castellano-, fiel al habla de sus gentes; en perpetuo “Menosprecio de la Corte y alabanza de la aldea”, este Frey Antonio de Guevara abulense, ex director de periódico y paleto por gusto y elección, vuelve a darnos una puñado de cuentos trabajados al minio como las ilustraciones de un beato lebaniego.
Muchas son las razones para leerle, entre otras, la de que este viejo amigo de Delibes es también fedatario de una porción de España que creímos atemporal y que hoy se nos muere entre giliputados, ipods y playstations: la Castilla rural de viejucas cristianas y sencillas. Un concejo de aldeanas cristalinas y pobres; tan pobres, tan pobres, que por no tener, no tienen ni malicia; aunque esta mercancía, que tan bien abastecido tiene a este planeta, estalle entre sus vidas de ciento a viento.
En El azul sobrante se reviven la felicidad y los dramas de conciencias benditas, se escucha a las ancianas, se distinguen los timbres de las voces mejor que en una grabación, se les ve por la magia de una lengua milagrosa y trasparente: ese tipo de estilo que no se puede imitar por la sencilla razón de que no tiene truco. Muchos amaneceres en el campo, muchos otoños escribiendo junto a un fuego de sarmientos han hecho falta para llegar a escribir así.
Pero no se piense que es un libro de cuentos costumbristas, no faltan en él los guiños culturales, los homenajes y las citas implícitas: al payaso de Kierkegaard, al licenciado Tomás Rodaja, a algunos locos egregios. Personajes de ese libro que se acrecienta leyéndose a sí mismo y que llamamos Literatura, con mayúscula
Dentro de unos pocos años, cuando quienes nos sucedan en esta gran estafa de la vida quieran saber cómo ha sido esa vieja Castilla, tendrán que conocerla en textos de Delibes, de Jiménez Lozano o en un ejecutable made in India para jugar en red. Elijo con fervor a los primeros.
José Jiménez Lozano: El azul sobrante, Madrid, Ediciones Encuentro, 2009

domingo, 24 de enero de 2010

Fabrice Hadjadj y el entusiasmo desaforado

Todo neófito es un entusiasmado descubridor de verdades antiguas. Los neófitos se apasionan con las observancias estrictas y su celo propagandista ignora la mesura. Los neófitos son la juventud de las ideas y el deslumbramiento de la excesiva luz les lanza a empresas ciegas y valientes. Por tales razones guardo contra los neófitos un sentimiento ambivalente de prevención y envidia: Por una parte añoro sus ardores y, por otra, veo que no han concluido -¿quién lo ha hecho? - el ciclo de los hervores necesarios para la maduración.
Fabrice Hadjadj es el ejemplo de lo que puede hacer un neófito judío cuando se pone a leer a Santo Tomás de Aquino. Su extracción es la de cualquiera de nosotros; a saber: origen familiar hebreo, con apellido tunecino y educación francesa, militancia maoísta en la juventud y converso al catolicismo en 1996. Desde esa fecha se ha sumergido con furor en los clásicos de la teología católica y en los escritos de la sucesivas teresas que han alcanzado la santidad: la abulense, la del Niño Jesús, la Benedikta del crematorio de Auswich, la de Calcuta... ; y de otros como San Juan de la Cruz, al que también cita
El resultado ha sido el libro "La fe de los demonios", alabado por Juan Manuel de Prada, que me ha parecido una excelente introducción al cristianismo concebido como lucha contra la propia soberbia.
El libro que comienza queriendo ser un ensayo de teología dogmática; pasa prontamente a la exégesis y de la moral salta a la mística; sin previos avisos ni transiciones; pero con tan buena fortuna que en lugar de salir perjudicado, resulta enriquecido por tal simbiosis de conocimientos. Es un libro desgarrado y doliente. El tipo de obra que escriben las persona que han recorrido de bruces un itinerario cuyo punto de partida fue el de:
Los hijos del 68 y de los “sexy sixties” que han sobrevivido a la desertización espiritual.
Los náufragos del hedonismo y la egolatría.
Los evadidos de las ciénagas del porreterío y demás paraísos letales.
Los desertores del macarrismo, urbano y febril de lunes a domingos noche, tan musteriense y tan High-Tech.
Los prófugos de las cárceles del emotivismo o de la tiranía de la moda.
Todos ellos y, en general, quienes han realizado atormentados viajes espirituales y, tras mendigar de puerta en puerta, han acabado encontrando un hogar en la Iglesia Universal. Todas estas personas se sentirán representadas en la prosa lancinante de Hadjadj.

Por el contrario, deben abstenerse de leerlo:
Los de la SGAE, ya que reclamarían el cobro de la propiedad intelectual de Yahweh o de Pablo de Tarso.
Los “ni-ni” por que no valen ni para entenderlo, ni para ninguna otra cosa.
Los timoratos que se asustan de las palabras gruesas.
Los que no están dispuestos ha dejarse estremecer.
Los que no interpreten las exageraciones, las paradojas y los contrastes -ciertamente sensacionalistas del autor- como lo que son: recursos de la elocución, trucos de una retórica que, a veces, traiciona al autor y le hace escribir impertinencias (¿qué otra cosa cabría esperar de un escritor francés contemporáneo?)
Para los demás, si saben perdonarle el estilo y quieren vivir estando un poco menos seguros de sí mismos, siendo un poco más modestos, algo más comprensivos y, en suma, redescubriendo la importancia de impetrar del cielo la humildad; para todos estos es una buena lectura el libro de Fabrice Hadjadj: La fe de los diablos, Granada, editorial Nuevo Inicio, 2009.

lunes, 11 de enero de 2010

Los talibanes de la tribu de Efraim o Indiana Jones en el paso Kyber

Habitualmente escribo sobre libros que he leído y me parecen dignos de compartir o de rechazar. Hoy lo voy a hacer sobre una noticia que me ha dejado estupefacto.
Leo en la edición digital de abc que el genetista hebreo Carl Skoretzky y la india Chanaz Ali van a analizar el ADN de los pastunes para comprobar si, como dicen las leyendas de este pueblo afgano, salieron de Egipto con Moisés.
Lo que justifica esta, en principio, sorprendente investigación es que en 2005, el Gran Rabinato de Israel -actual- reconoció el origen judío de un grupo étnico vecino, los Lu-Shí, que moran en la región india de Uttar-Pradesh (nombre que parece sacado de una novela artúrica pero que en sánscrito significa, según me he podido enterar ahora mismo, "Las diez tribus").
Uno ha leído, y visto la película, "El hombre que pudo reinar" de Kipling; ha leído alguna cosa -lo confieso con rubor- de Vittorio Massimo Manfredi sobre legiones romanas perdidas en Afganistán, y ha leído algún artículo -y visto fotos- sobre las ciudades helenísticas que dejó Alejandro cuando se casó con Roxana y dejó allí algunos falangistas (con perdón) para que le pacificaran la región a punta de sarisa. Pero esto sobrepasa con mucho mi capacidad de fabulación. ¡Cuántas "arcas de la Alianza", "templos malditos", secretos salomónicos o santos griales, tribus perdidas del Reino del Norte -o Israel histórico- no se podrán filmar en las arideces de Herat o del Waziristan!
Por lo demás, en virtud de la solidaridad hebrea inter-espacial, inter-temporal, inter-generacional, inter-racial e inter-economí(c)a; podría dar lugar a geniales reclamaciones de territorio o de nacionalidad. Por ejemplo: sería maravilloso que se diera la nacionalidad israelí a todos los pastunes; y a continuación declararlo parte del Estado de Israel. Así, podrían retirarse los asqueados soldados occidentales y dejar que se apañen entre ellos. También cesaría el apoyo de Bin Laden y Al Qaida a los belicosos pastunes pues, de golpe y porrazo se los descubriría jugando en el equipo contrario. El mullah Omar viviría en un país con la bomba atómica y cada madrasa podría convertirse en una yeshivah. ¡Cuántos problemas talmúdicos no suscitarían estos hebreo-islámicos, mil veces peores que los coraítas del siglo XII, a quienes Maimónides consideraba justo azotarlos hasta la muerte si no se retractaban de su tesis de la "sola scriptura" (sine Talmud nec rabbinim)!
Hago votos para que, por una vez, la leyenda y la realidad tengan una base empírica porque: cosas veremos, Sancho, ...

domingo, 10 de enero de 2010

Evelyn Waugh: Saint Edmund Campion: Priest and Martyr

En 1935, después de un viaje a Sudamérica y antes de reincorporarse a su fecunda labor de corresponsal en Abisinia, Arthur Evelyn St John Waugh escribió esta hagiografía sobre un mártir que le precedió, en el lejano año de 1560, tanto en la Universidad de Oxford como en la conversión a la fe de la única Iglesia fundada por Cristo; decisión siempre difícil en una Inglaterra prejuiciada y hostil al obispo de Roma.

Ambos compartían ̶a pesar de la distancia de los siglos ̶ una latinidad forjada en Cicerón y Tito Livio, ambos se codearon con los asteroides del Parlamento, ambos fueron leales súbditos de su monarca, ambos arriesgaron la vida por su nación (Waugh, con Randolf Churchill, en las trincheras partisanas de Yugoslavia); ambos se negaron a “hacer carrera política” y ambos dejaron en herencia prosas memorables que honran la lengua inglesa y alegran el espíritu de quien los lee. Waugh, a quién tan fácil le resultaba satirizar a cualquiera, destila en este libro su admiración por el jesuita santo; pienso no hubo en el siglo XX pluma más idónea contar la vida Edmundo Campión que la del autor de esta obra. La crueldad y la violencia de aquellos años, el servilismo de los cortesanos, la heroica resistencia de los fieles y leales hijos de la sede de Pedro, merecen ser evocados, recordados, admirados.

Este libro presta un buen servicio a la causa de esos mártires, y, si se compra en la página web de Criteria Libros, se adquiere a buen precio.

Rafael Díaz Riera